Pinceladas de Cariño: El pescador y la sirena. Número 23.
De mi columna en la gaceta quincenal "Xiuhcoatl" de la Hermandad de la Cuchara.
Para el mar, aire y tierra que navego.
Frederic Leighton. El pescador y la sirena.
El mar está en paz, inundado de tranquilidad. El vaivén azul del agua apenas logra cubrir uno de los dedos del pescador, quien, sentado en la alfombra de arena interminable, trata de alcanzar el atardecer con una mirada. Los hombres a veces olvidan que el océano es profundo, es sabio y, por lo tanto, inesperado.
El pescador parpadea y, en ese abrir y cerrar de ojos, el azul del mar se ha convertido en una pared inmensa de agua que se eleva ante su cuerpo diminuto. Se estrella el oleaje en su cuerpo y unos labios chocan contra los suyos. En su cuello se enroscan con suavidad los brazos nacarados de esa mujer que ha llegado súbitamente.
Como el mar, el amor. El pescador se sumerge entre los dorados cabellos de la sirena, quien lo ahoga en sus caricias; y tras el beso convenido en una mirada, ambos se convierten en dos gotas más del mar tempestuoso que rige el vaivén del amor.
Cariño
Antoine, hombre de modales tradicionales, sacó su pañuelo del bolsillo y limpió sus gafas con suma pulcritud. Se colocó los anteojos y dispuesto a comenzar un nuevo día, inició la ardua tarea de revisar los documentos que cubrían la parte superior del escritorio. El tic tac del reloj marcaba el paso de los segundos, los minutos y las horas. De vez en cuando, Antoine descansaba del trabajo echando un vistazo panorámico a su despacho; desde la foto de su madre hasta su título de abogado colgado detrás de la puerta, justo como si en un parpadeo le apareciera el resumen de su vida.
Al sellarse la grieta en la montaña, el Flautista mira por última vez a los niños de Hamelin. Les dice adiós con la mano y la mitad de una sonrisa. Todos le responden con gritos, danzas y aplausos. El Flautista se da vuelta para proseguir su camino.
Los hombres, árboles con sangre en lugar de savia, olvidan su origen: arrancan sus raíces y se echan a andar sin rumbo alguno.
La habitación está casi vacía. Marina, sentada en una silla, teje una bufanda color tristeza. La tiñe con las lágrimas que caen, como años, desde sus mejillas. Ella sueña con tener una mecedora que le conceda movimiento a sus tardes monótonas. Sueña con aromas de cocinas inexistentes, con aventuras en lugares exóticos, con flores hechas de terciopelo violeta.
Como un lobo hambriento, sale de su casa al ver que sus padres se han ido. Deja sus zapatos detrás de uno de los tantos árboles que rodean la blanca mansión Wolford. La niña entra al bosque corriendo, pisa las hojas secas y quita el listón de su cabello. Sus lacios mechones son papalote del viento, se enmarañan y enroscan a su antojo, al igual que lo hace el hilo de la vida . Las copas de los pinos, cada vez más juntas, devoran la luz de una feroz mordida. Se hace presente la oscuridad...y allí, sólo allí, la niña se siente segura, se sabe ella y no otra. Mira hacia atrás para cerciorarse de que nadie la sigue. Sus manos adoptan la postura innata de la bestia salvaje. Una chispa en su espina dorsal la hace correr sobre sus cuatro extremidades por entre la maleza. Trepa a los árboles enterrando sus uñas en la corteza de los troncos. Observa un mirlo con mirada de leona y le muestra los dientes. Clava los incisivos en el pequeño pajarillo y siente chorrear la sangre por su cuello. La niña juega. Juega con la vida del desdichado animal. Juega a ser Dios y a ser demonio.